El día de la venganza de los Anaya
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Ya desde el principio les voy a destripar el suspense diciéndoles que esto que les contaré ahora es un sueño que tuve el otro día. O más que sueño, yo creo que se podría calificar de pesadilla. Una treintena de personas, que tampoco me entretuve en contarlas, estaban reunidas en una gran sala de aspecto noble y debatían de cosas que yo no acertaba a entender. Sobre la mesa digamos presidencial, a la que estaban sentadas tres personas, destacaba un gran escudo que me resultó familiar. Yo tomaba notas desde el extremo opuesto de la sala, como si fuese un periodista siguiendo un pleno municipal.Bingo. ¡Yo era un periodista siguiendo un pleno municipal! Pero el alcalde no tenía bigote, sino barba cerrada. Eso me descolocó un poco hasta que vi, en los bancos donde se suelen sentar los concejales de la oposición, a un señor de avanzada edad, bien peinado, que portaba gafas de diseño y que poco tiempo después replicaría al supuesto alcalde en una intervención pausada, masticada y bien vocalizada. Fue al oír su timbre de voz cuando identifiqué en aquel caballero trajeado a Alfonso Fernández Mañueco. Y segundos después se me cortó la respiración cuando le oí dirigirse al supuesto alcalde diciéndole “Nuestro grupo votará que no, señor Anaya”
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Termina julio, pasamos hoja en el calendario y aunque todos mis colegas estatuas siguen alardeando de las vacaciones que preparan aquí y allá, yo creo que el personal va de farol. La cosa no está como para entramparse por un viaje a Punta Cana que, total, seguirá estando en el mismo lugar de la República Dominicana el próximo año, y el otro y el otro. A lo sumo, yo creo que los más animados están preparando un original plan común intercambio de pedestales: una especie de ejercicio de multipropiedad dirigido a renovarse anímicamente y a variar en lo posible el punto de vista de las cosas. Sé que a ustedes les costará ciertamente entender esto, pero cuando eres estatua y te tiras todo el santo día viendo la misma casa de enfrente, es conveniente hacer algo así para variar.Hay crisis, y como en toda situación de vacas flacas que se precie, se lleva apretarse el cinturón y hacerse más conservador.
Hay semanas como las que ahora terminan en que un astronauta como yo se siente orgulloso de esta hermosa profesión. Y eso que yo he llegado a ser un galáctico sin apenas haber ejercido como tal; vamos, el mismo caso de tipos como Faubert en el Real Madrid, sólo que yo tengo mucha más clase y una innegable popularidad. En lo de ser famoso sin trabajar me doy un aire más a Paquirrín, salvando las distancias. La diferencia estaba que yo escribo semanalmente en DGratis, y ahora, como se ve que me tiene envidia y también pretende ser mediático, se ha adentrado de forma temeraria en el mundo de monólogo. O “mongólogo”, como lo presentan en su propio programa. 



