
Pasé de la infancia a la vejez sin darme cuenta. La adolescencia la vivo ahora, con picores y todo. De la juventud, espero grandes cosas. En aquel despertar a la temprana senectud, la música me acompañó. Muchos de mis amigos, algunas de mis amigas, aún conservarán un volumen que grababa, de pletina a pletina en algunos casos, con la música que a mí más me gustaba en aquel tiempo. Su conocimiento se lo debo al gran Ramón Trecet, que me hizo un regalo que aún hoy, quince años después, recuerdo con emoción intensa, desgarrada en algún caso. Uno de aquellos genios musicales a los que conocí por aquel entonces responde al nombre de Phil Cunningham y, junto a su inseparable Aly Bain, me ha proporcionado alguno de los mejores momentos de mi vida. Será el primero de una serie de músicos y a un conjunto de músicas que darían belleza incluso a la más desierta de las islas.
Phil no estaba en casa el día que tres de mis amigos y yo le fuimos a ver a su casa escocesa, en las afueras de Inverness. No avisamos y, claro, no nos esperaba. A su mujer Donna, descalza y simpática a partes iguales, le dejamos una botella de Rioja que el gran Phil supo catar en su justa medida. Cunningham ha compuesto parte de la banda sonora de mi vida. Desde sus comienzos con Silly Wizard, con la deslumbrante ”Lover’s Heart”, a su carrera junto a su tristemente desaparecido hermano Johhny, y después con Bain. “The pearl”, “The ruby” son joyas de alto diseño. Nunca pensé que un tipo que toca el acordeón, la flauta y el piano pudiera darme tanto. En tiempos de bobadas modernillas, me llamaban raro por escuchar a un tipo regordete y rubio… hasta que le oían.