La llave allen
Posted in Inventos que cambiaron el curso de la humanidad on March 3rd, 2009
Las únicas manitas que conozco son las de cerdo. De manazas ando bien servido. Por eso todo aquello que ayude a montar los muebles de Ikea es bienvenido. Aleluya al destornillador eléctrico. Aleluya, también, al de carraca. Inventos ambos excelsos, inmensos, no lo suficientemente valorados. Sin embargos, abran paso a la llave allen. Nada tan pequeño fue jamás tan productivo. Cómo enrosca. Es más, cómo desenrosca. Ese toque sútil que hay que darle en uno de sus extremos para que gire y gire sin cesar en busca de la conclusión del círculo, de la atadura eterna, de la unión como simbólica comunión metálica. ¡Larga vida a la llave allen!
con aspecto de simpático león de la Metro me ha hecho llorar un par de veces. Así, como suena. Y no lo logra cualquiera fácilmente, aparte de yo mismo, por supuesto. Como siempre contaba el grandísimo Trecet, Fraser era un reputado ingeniero petrolífero escocés que, después de algunos años dedicado al oro negro, decidió volver a sus orígenes y retomar sus excelsas condiciones para tocar el violín. Parte de la humanidad, entre la que me incluyo, aún no se lo ha podido agradecer suficientemente. Jamás de un violín salió tanta belleza. Jamás. Sus conciertos a dúo con el genial Paul Machlis pasarán a la historia de la música que tanto me hizo soñar de joven. Su “Calliope House” era imposible de seguir. Escuchando “Common ground”, sonó en mi boda aunque nadie lo escuchó, se erizan casi todas las partes de mi cuerpo. Es un genio. Total, inconmensurable. Volveré a su música cuando vuelva a mi vida.
Podría comer una tonelada de pipas de calabaza sin parar. Podría apuntarme a un campeonato para ver quién come más en menos tiempo. Me parecen, simplemente perfectas. El hecho de que tengan uno de sus dos extremos perfectos para ser abiertas por unos dientes cualesquiera, les hace grandes. Las buenas están muy buenas. Las malas, buenas a secas. No sé como pueden salir de las calabazas, pero no me importa. Sólo las como. Con profusión. Más que sus hermanas mayores, las de girasol, tan irregulares, tan complicadas de engullir. Contaré, además, que a veces me las como enteras. Lo recomiendo. Hay una bolsa de P¡pas Cubero, de quién si no, altamente recomendable. Sólo el precio (0′85) me impide adquirirlo por docenas. ¡Larga vida a las pipas de calabaza!