Música para llevarse a una isla desierta…o a Castellón: Alasdair Fraser
Posted in Con ella a otra parte on March 3rd, 2009Este señor de la derecha,
con aspecto de simpático león de la Metro me ha hecho llorar un par de veces. Así, como suena. Y no lo logra cualquiera fácilmente, aparte de yo mismo, por supuesto. Como siempre contaba el grandísimo Trecet, Fraser era un reputado ingeniero petrolífero escocés que, después de algunos años dedicado al oro negro, decidió volver a sus orígenes y retomar sus excelsas condiciones para tocar el violín. Parte de la humanidad, entre la que me incluyo, aún no se lo ha podido agradecer suficientemente. Jamás de un violín salió tanta belleza. Jamás. Sus conciertos a dúo con el genial Paul Machlis pasarán a la historia de la música que tanto me hizo soñar de joven. Su “Calliope House” era imposible de seguir. Escuchando “Common ground”, sonó en mi boda aunque nadie lo escuchó, se erizan casi todas las partes de mi cuerpo. Es un genio. Total, inconmensurable. Volveré a su música cuando vuelva a mi vida.

Pronto ya ha llegado. El caso es que, por mucho que a mi amigo el macho barbado le rechine, llevo meses escuchando “Fin de un viaje infinito”, el penúltimo disco de la carrera de Deluxe. Me mola. Sin más y sin menos. Canto sus letras a gritos en el coche, las canciones me suben la moral y no me las quito de la cabeza. Será porque seré medio gallego como Xoel López. Nunca se me había ocurrido escucharle, pero ahora no paro de hacerlo. Encima, ahora que se ha retirado, dice que se va a ir a vivir entre Buenos Aires y Nueva York. No podía haber escogido Badajoz y mi querídisimo Castellón. No. “Colillas en el suelo”, “Gigante”, “No es mi primera vez” y, por supuesto, la grandiosa “Tendremos que esperar” se me han hecho imprescindibles últimamente. Será que me estoy haciendo mayor o que estoy entrando, por fin, en esa adolescencia que en su tiempo no viví.
Recordaré aquel lejano 2002, entre otras cosas, por mi viaje a Argentina y porque mis ojos vieron al más grande, a Van Morrison, en la plaza de toros de mi ciudad. El único concierto que yo haya visto que acabó cuando el sol brillaba casi, casi en lo más alto. Es un genio, y lo peor es que lo sabe. Aún en aquel recital se le escapó un “Thank you” del que aún hoy se está arrepintiendo. A un tipo que con 22 años compone “Brown eyed girl” le sobra el resto de su existencia. Un individuo que firma con “Days like this” el mejor disco de la década de los noventa, es grande. Quizá el que más. Es de los últimos a los que se les ha acabado el talento con sus devaneos con el maldito country. Aún así le perdono, porque, para colmo, nació en Belfast. Tengo un disco que se titula “Las 100 mejores canciones de Van Morrison”. No digo más. Sólo le escucho.
Si en nuestra vida real siempre fuimos decadentes, él debe ser carne mortal. Un genio, otro más. Lo tiene que ser quien dice que no se puede vivir del amor, quien canta a la paloma más bella del mundo, quien dedica una canción a Maradona (el más grande) y quien habla del Lou Bizarro que, por cierto, cayó por knock out. Grande entre los grandes, mucho más sin esas gafas de sol que impedían ver sus ojos. Como todos los genios, compone más y mejor cuando está triste y depre. Le deseo lo mejor aunque sus discos sean peores. Con lo que ha hecho tenemos bastante más que suficiente. Rodríguez, como yo. De creatividad locuaz, casi diarreica. Letrista monumental, como el estadio de River. Músico total. Argentino, con todo lo que ello conlleva.
Lo más. De lo más. El mejor grupo de la historia. Al menos, de la mía. Llevaba recortado a Knopfler en mi carpeta de 3º de BUP junto a Marta Sánchez. Ningún conflicto existencial. La mente y la carne. Lloré a moco tendido viéndoles por primera vez en el Calderón -qué mejor sitio- en mayo del 91. Qué tiempos. Discos redondos. Canciones monumentales. La mejor forma posible de tocar la guitarra con solo tres dedos. Y con seis. Los sultanes, Romeo, Julieta, ese prodigio llamado Telegraph road, ese otro del túnel del amor y decenas y decenas de pequeñas obras de arte. Bandas sonoras radiantes de películas irrelevantes. Letras aprendidas de carrerilla -”You get a shiver in the dark, its raining in the park but meantime”-, sin entenderlo demasiado bien, pero qué más daba. Podría escribir un libro, pero me han dicho los que saben de blogs que hay que ser conciso en cada post -que así los llaman-. Como el talento se acaba, Knopfler se amariconó, con perdón, y se dedicó a hacer discos de saldo en los que no cabría ni la peor de las canciones de sus primeras obras. Si alguien no conoce alguno de los discos de Dire Straits, que ya me extrañe, le envidio profundamente.
Mike Scott, en la imagen junto al esplendente violinista Steve Wickham, es un genio. Y punto. Creo que esta frase la voy a repetir mucho en esta categoría de tan surrealista blog. Scott es Jagger con veinte años menos. Un monstruo. Un tipo capaz de hacer dos canciones (The whole of the moon y Fisherman Blues) entre las diez mejores de la historia y diez más entre las mejores cien. (Por cierto, cualquier día de estos empezaré a hacer listas de las mejores, las peores, las mediopensionistas…sos vais a cagar). El único capaz de explicarme sobre un escenario la diferencia entre un reel, un jig, una polka… Veinticinco años haciendo música a su bola. Su album “Room to roam”, con casi veinte años de edad, es una delicia. Oírlo en la irlandesa Spidall, mucho más. Los escucho mucho últimamente y cada vez me gustan más. Me estaré haciendo más joven.