Corazón de tinta, de Iain Softley
Mezcla indigesta
La historia de la literatura y del cine infantil está poblada de obras maravillosas y eternas. En múltiples ocasiones, sus narraciones se basan en universos que se mezclan, en distintos niveles de realidad y fantasía que aparecen entretejidos, separados por espejos, páginas de libros mágicos o huracanes que huyen de Kansas. Y los niños, en un alarde de esa inteligencia tan especial que les caracteriza, son capaces de gozar con tan sofisticados mecanismos dramáticos. (more…)
“¿Hacemos una porno?”, de Kevin Smith
Gamberrada ñoña
Empieza a resultar cansino el rollete generacional. Las marcas comerciales y las industrias culturales han dado con el filón de quienes nacimos en los setenta, treinteañeros más o menos instalados en el mercado laboral que luchamos contra la madurez. La sociedad de nuestro tiempo nos exige que sigamos siendo gente joven, tíos enrollados que luchan por la vigencia de los referentes que mamamos en los ochenta, pero que vuelven a estar a la última en este siglo XXI. Y, para lograrlo, debemos comprar todo aquello que nos confirme que, a pesar de las canas o de la calvicie, seguimos siendo igual de gamberros. (more…)
“7 minutos”, de Daniela Fejérman
Sopor veraniego
La cartelera empieza a dar un poquito de miedo. Te metes en los rigores del verano y la oferta de estrenos se hace más ligera, pero en el peor sentido de la expresión. Parece que lo refrescante, al menos en materia fílmica, es sinónimo de superficialidad. Menos mal que asoma su cabecita Michael Mann y que alguna sorpresa emergerá necesariamente durante las próximas semanas, pero nos metemos en una fase de la temporada francamente lastimosa. (more…)
Sicko, de Michael Moore
La enfermedad de la codicia
Soy de Michael Moore, qué le vamos a hacer. Sé que no está bien visto por la crítica políticamente correcta (progre o conservadora, lo mismo da en este caso), que lo acusa de propagandista, manipulador y demagogo. Y lo es. Pero el pacto que establece con el espectador resulta mucho más cristalino y honesto que el de muchos documentos audiovisuales que se disfrazan de objetivos. Moore es un cineasta cómico que en modo alguno pretende realizar demostraciones científicas y que, para curarse en salud, sitúa su oronda figura en primer plano para subrayar la personalísima visión que tiene sobre el asunto que sea. Es la suya, no la verdad absoluta. (more…)
Good, de Vicente Amorim
Malo
Escueto título, escueta película. Good, la última aproximación cinematográfica al manido universo nazi, se queda en eso, en una carta de presentación tan simple como vacía de sustancia. Y el defecto es especialmente grave, ya que en esta ocasión no se trata de experimentar el horror desde el punto de vista de las víctimas ni de identificarse con los combatientes que lucharon contra el mal. No, ahora toca acercarse a los mecanismos psicológicos y morales que empujaron a los alemanes bienintencionados a los ardorosos brazos del carismático Hitler. (more…)
Ángeles y demonios, de Ron Howard
Usar y tirar
La incertidumbre espiritual y la falta de exigencia intelectual explican, en parte, el éxito que disfrutó El código Da Vinci. Si algo tuvo Dan Brown fue olfato y habilidad para elaborar un combinado sencillo que entraba fácil gracias a la mezcla de morbo religioso y misterio basado en pistas falsas. Literariamente el asunto no valía casi nada y su correspondiente versión cinematográfica tampoco. La película dirigida por el artesanal Ron Howard empeoraba todavía más el original, ya que ver y escuchar a sus personajes multiplicaba la inverosimilitud de la trama. Pero la operación, como no podía ser menos, resultó muy rentable. (more…)
Génova, de Michael Winterbottom
Hermoso dolor
Una de las virtudes del arte consiste en su capacidad para convertir el sufrimiento en belleza. En la vida resulta muy difícil verle ningún rastro hermoso a la tragedia. En el cine –o en la literatura, en la música…–, sin embargo, pueden fascinarnos la pérdida, el dolor, la soledad, la culpa, la muerte. Hay quien prefiere no asomarse a ese misterioso pozo de emociones conmovedoras que desde la pantalla nos enfrenta a nuestras propias desgracias. Yo, sin embargo, soy un firme defensor de ese paradójico pasarlo mal que, cuando está bien provocado, nos contagian los mejores dramas. (more…)
La vergüenza, de David Planell
Sí, pero ajena
Acudo a la sala atraído por el eco festivalero de Málaga, donde cada año se presentan muchas de las óperas primas del cine español. Indiscutible vencedora del certamen, La vergüenza me despierta además el interés de su premisa dramática: unos padres de acogida treintañeros quieren devolver al chaval que tienen a su cargo y no se atreven. Bien, bien. Material hay. Hipocresía, dilemas morales, drama humano y un largo etecé que, encima, ha contado con el beneplácito de buena parte de la crítica patria. Podrá gustar más o menos, pienso para mí, pero el cabreo –lo último que necesito– está descartado. Pues aquí va mi desahogo. (more…)
“La sombra del poder”, de Kevin Macdonald
Thriller paranoico de altura
No hace falta estar muy atento a la realidad para darnos cuenta de que vivimos tiempos paranoicos. Amenazas terroristas, virus letales y turbias operaciones financieras se han convertido en el telón de fondo cotidiano de nuestra existencia global. La cosa está como para no dejarse llevar por el pánico, una emoción peligrosa que los medios contagian sin la menor responsabilidad. Pues bien, a este contexto tan crítico responde desde hace tiempo el thriller estadounidense, capaz de fundir el sentido del espectáculo con las preocupaciones que flotan en el medio ambiente ideológico, social y económico. (more…)
“Déjame entrar”, de Tomas Alfredson
Sublime hallazgo
“¿Te apetece ver una película sueca sobre vampiros?” Me temo, querido lector, que si alguien te hiciera semejante oferta probablemente le mirarías como a un loco. Demasiado exotismo, podrías pensar, como para jugarme parte de mi inversión semanal en ocio. Ya se sabe que la falta de información suele volvernos más conservadores al decidir dónde colocamos nuestra pasta, así que elegirías otro filme, quizás porque no has parado de ver a una actriz guapísima en todos los programas de la tele durante la última semana. Pues debes saber que te estarías negando a ver una de las mejores obras cinematográficas que, a mi discutible juicio, se han hecho en los últimos tiempos.
Se titula Déjame entrar y es un homenaje a la inteligencia sensible. Su protagonista es un niño introvertido, acosado por unos gamberros del colegio y al que su madre trata con cruel indiferencia. Vive en un Estocolmo frío y deshumanizado, en un ambiente triste y egoísta. Pero su vida cambia cuando conoce a su vecina, una extraña cría de doce años que pasea descalza sobre la nieve y que comprende al chaval como nadie antes lo había hecho. Y hasta aquí debo contar.
En la mejor tradición de la cultura vampírica, la película apuesta por el romanticismo muy por encima de la violencia física. La obra es un drama contenido y profundo sobre seres diferentes que malviven en un ambiente homogéneo y desvalorizado. Y, tal y como sucede en la mayor parte de las obras de referencia del cine de terror, uno sospecha que, en el fondo, lo monstruoso radica en la sociedad que genera al “bicho raro” y no en éste.
Déjame entrar, amigo lector, te va a devolver imágenes muy pensadas, encuadres milimétricos, composiciones hermosas. La propuesta de Tomas Alfredson y de John Ajvide Lindqvist –guionista que adapta su propia novela– se basa en una contemplación calmada y emocionante de unos personajes obligados a manchar con el cálido rojo de la sangre ajena el gélido blanco de la nieve. La justicia violenta se torna poética, como en tantos clásicos del género, para hacer del terror un mecanismo de defensa. De bellísima defensa, extraña, hipnótica y audaz.







