Bacalao

Hoy he compartido mantel con una vieja amiga a la que hacía la friolera de doce años que no veía. Con ella comencé mis andaduras en el mundo profesional de la publicidad y  de todas esas chorradas de inventarse ideas para luego hacer anuncios para que esté o aquel producto venda mogollón. Como en todo reencuentro la cosa comienza con un par de besos para acto seguido recurrir a los tópicos de “no has cambiado nada” y/o “te veo igual que siempre”. Porque aunque esto no fuese cierto, que en esto caso sí que lo era, nunca te atreverías a decir lo contrario. Los dos traíamos los “uvehacheeses” de la vida ya rebobinados de casa y solo hemos tenido que dar al “play” para comenzar a destapar todas las batallitas particulares de cada uno en estos últimos doce años. Hemos ido saltando de una a otra en función del menú que ha pedido cada uno ya que es difícil explicar con todo lujo de detalles el cómo y por qué se deja un cómodo trabajo en la tele para embarcarse en una aventura mucho más arriesgada cuando de entrante te has pedido un salpicón de marisco con unas gambas que no te cabían en la boca, momento que ha aprovechado la otra parte, que ha degustado un plato más ligero, para colocarme lo de “sí, tengo una hija que es un solete y he tenido que dejar mi trabajo porque no quiero perderme esta cosa tan maravillosa del crecimiento”. Hemos dedicado unos diez minutos a evaluar la putada que es para una mujer -siempre las putadas de este tipo son para las mujeres- el que la sociedad no esté dispuesta a hacer nada para que esto no suceda, y que esas dos experiencias (trabajo y maternidad) puedan ser compaginadas. Luego hemos pasado al tema televisión “¿y por qué has dejado la tele?, me ha preguntado”.  Pues… pues… pues… menos mal que en ese momento ha llegado el Bacalao porque si me pongo a hablar se me hubiese quedado frío. Frío… como la tele.

Leave a Reply