No lo veo
Por fin una semana tranquila, se terminaron las elecciones y todo parece que vuelve a la normalidad. Por delante unos días de descanso, paz, amor y concordia. Todos los Jesuses habidos y por haber, todas las Marías Magdalenas que uno pueda imaginar y todos lo feligreses que descalzos les demuestran su fe y devoción se echan estos días a las calles para llenarlas de músicas macabras y de desgarradotas saetas. Ya no es carnaval pero multitud de cofrades sacan su disfraz de “pret a porter” (lo único que varía es el color) para sumarse a una multitudinaria fiesta en la que los bares circundantes son los que parecen más contentos porque uno entre paso y paso, o trono y trono (nunca he entendido que dos cosas que son idénticas tengan nombres diferentes en una ciudad o en otra) ahoga sus miedos detrás de una barra repleta de fieles arrepintiéndose de todos los pecados con una copa de vino en la mano. Al toque de corneta nos echamos a la calle, avanzamos unos pasitos al ritmo del tambor del Guardia Civil y a probar el vino del bar de al lado. Y a mi que esta forma de celebrar esta fiesta religiosa siempre me ha parecido un poco fascista. No sé si será porque los uniformes y los desfiles acompasados tienen un cierto tufillo, o porque esos trajes con esos capirotes me recuerdan muchos a los de las películas en las que salen miembros del Ku-Kus-Klan, o quizá simplemente porque los que se pasan todo el año cagándose en lo más sagrado o cagándose encima de todos los que le rodean lloran ahora desconsolados al paso de esa figura doliente escoltada por cientos de velas. Me encantaría entender ciertas cosas y poder disfrutar de ellas, pero mi poca sesera no parece permitírmelo. ¿No debería ser la religión algo alegre? ¿Por qué se empeñan en acojonarnos? Dónde estén las torrijas de mi madre y las pelis de la tele que se quite el resto.