La familia
Tumbado, derrumbado para ser más exacto, en la cama de un hotel de la maravillosa ciudad de Granada, y con el periódico del día, al que no he tenido ni medio segundo para echarle un ojo y ponerme al día de mi PPasatiempo favorito, a cinco centímetros de mi mano voy yo idiota de mí y pongo la tele.
¿Qué tendrá esa maldita caja que te atrapa como nadie? ¿Será que estoy fuera de casa y es lo único que transporta por un instante a mi sofá y me hace sentir como allí? Ponen fútbol pero hubiera estado encendida aunque diesen la final del campeonato del mundo de lucha canaria, qué más da, el hecho es que me hace compañía. Me he pasado el día rodeado de un equipo de casi cincuenta personas rodando un anuncio publicitario, hemos desayunado, comido, cenado y entre medias nos hemos gritado, exaltado, emocionado y hasta sudado a chorros, pero no es lo mismo. No es lo mismo o al menos no es tan familiar, tan cercano. Parece que cada voz y cada sonido que sale de esa mierda de caja negra son como si de la familia. Que tranquilidad, que relajo es sentirse uno tan rodeado por los tuyos; por ese locutor del spot de Rexona, por esa locutora de Loreal, por los dos pesados que retransmiten el partido de España … ¿pero quién no tiene unos parientes plastas? Los ojos se resisten a cerrarse porque uno nunca hace feos a los suyos y no podría permitirse el lujo de dormirse con la tele puesta porque qué iban a pensar todos éstos mis primos si de repente me encuentran roncando como un bendito mientras que ellos se esfuerzan por hacerme compañía. Mañana tengo que estar en pie a las seis pero juro por lo más bendito que echaré de menos a los míos y no veré la hora de volver a reunirme con ellos para celebrar lo que sea, da igual, lo que me echen.