Televerano
El verano tiene algo que no hay constitución caduca y trasnochada, estatuto polémico y recusado, o consulta electoral ilegal o lo que sea que no tenga algo que al final nos termine uniendo a todos los que pisamos esta piel de toro: la televisión. Unas playas serán de piedras y otras de arena fina, unos cenarán langosta y otros sopa de picadillo de pollo, y los más se quemarán la espalda a la vera de una sombrilla y los menos en la popa de un velero de muchos pies de eslora pero ninguno, sin exclusión, se olvidará de la televisión. Vengo de cenar de no importa qué sitio, lo he hecho paseando por la oscura pero preciosa orilla del mar donde a lo lejos los pescadores se afanan para que mi restaurante favorito mañana vuelva a tener un besugo con pinta de la misma categoría del que me he zampado hace unos minutos, y al llegar a la calle que separa la playa de la urbe me he dado cuenta que todas las terrazas tenían algo en común, la televisión encendida. De todas salían unas luces intermitentes que alumbraban toda la calle, de cada una de ellas salía un sonido diferente supongo porque en cada una de ellas sus inquilinos disfrutan afortunadamente de gustos diferentes, pero de todas salía algo. Imagino que en unas, las más, estarían anonadados con el debut de la Obregón en Hospital Central, en otras… ¿Qué echan los miércoles en otras? Qué más da, el hecho es que nadie olvida la tele ni en verano, da igual que sirva para incitar al sueño en la hora de la calurosa siesta, o para saborear esa copita con hielo y una de pipas tras la cena. La tele siempre está a nuestro lado. Cuando uno sale de casa y alquila algo para pasar los pocos días de vacaciones que nos deja la crisis siempre pone una condición fundamental, tiene que haber tele, y cuanto más grande mejor. Feliz verano a todos.