Las Olimpiadas (y 3)

Entre el último sprint de los españoles para intentar alcanzar una cifra decente de preseas digna de un país que está entre los más importantes del planeta y las excentricidades del último rey del atletismo, el Sr. BOLT con mayúsculas, en el mundo siguen sucediendo cosas. Esa teoría que habla de que durante las olimpiadas no hay noticias porque las hadas madrinas se encargan de que no suceda nada para no enturbiar la gran fiesta de la hermandad esta vez no ha funcionado. Más de ciento cincuenta personas no van a poder comprobar si España supera su conquista de la quinta del Cobi o si no hemos progresado tanto como nos creemos. Más de ciento cincuenta personas no van a poder enfadarse si los americanos nos vuelven a zurrar en la final de baloncesto o a saltar de alegría si el equipo de sincronizada vuelve a hacer de las suyas debajo del agua. Y es que los chinos, y todo ese poder que están demostrando para hacer lo que les sale de los huevos y cuando les sale, no han podido evitar que el motor de un avión de los nuestros se haya llevado por delante la vida de más de ciento cincuenta personas. Todo sucedió en el llamado punto de no retorno, ese en el que la velocidad llega a un momento en el que o vas para arriba o ya no vas a ningún sitio, el mismo punto de no retorno que tiene un negrito jamaicano en sus piernas… pero a éste la velocidad por fortuna sí le ha mandado para arriba, muy para arriba. Es un putadón que más de ciento cincuenta personas que cogen un avión para iniciar con sus vacaciones el sueño de todo un año no pasen de la pista de despegue, es un putadón que todo termine cuando uno no ha decidido que se termine, es un putadón que un motor en mal estado no permita a más de ciento cincuenta personas seguir luchando cada día para seguir alcanzando metas y colgarse medallas… ¡y que más da el color, coño¡

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