Vivir-morir
La vida es maravillosamente jodida, encantadoramente chunga, única y aborrecible. Hoy debería estar dando saltos de alegría por el hito histórico logrado por el mejor equipo del mundo de todos los tiempos, mi equipo, hoy debería estar devorando las portadas de todos los deportivos regocijándome en unas sensaciones que difícilmente volveré a vivir a nivel deportivo, hoy debería estar preparando toda mi batería de sonrisas y sornas variopintas para ofrecérselas en bandeja de plata a mis amados y nunca bien ponderados amigos madridistas, pero hoy no va a ser así. Cuando ocurre un acontecimiento de este tipo en el que se nos muestra la inmensa felicidad de una masa, en seguida tendemos a empatizar y creer que esa felicidad es global. Tanta energía de positividad tendemos a hacerla universal y a no entender que pueda haber alguien ajeno a todo eso. Ayer el padre de un íntimo amigo entró en un quirófano por algo que en principio no revestía gravedad, ayer al abrirle le volvieron a cerrar, estaba invadido, ayer entró en la UVI sin esperanzas de salir. Por eso ayer mientras que unos gozaban de la vida como si ese fuera el último día, otros asumían que ese era de verdad el último día. Unos reían y otros lloraban. Nunca nada es de todos, nunca los mismos sentimientos nos alcanzan a todos a la vez. Ayer lo que hoy es noticia de repercusión mundial y que será conocida en todos los confines del planeta Tierra no llegó a una sala de espera de un hospital, una sala en la que el concepto felicidad había desaparecido, había sido borrado de un plumazo porque ayer la vida no era feliz. Hoy los genios del balón pasearán sus trofeos por las calles de Barcelona donde se espera que cerca de un millón de personas salten, canten, griten, y sonrían a su paso en un sentimiento colectivo de agradecimiento por llenar por unos momentos sus vidas de felicidad. Hoy también un pequeño grupo de gente llorará en una sala de espera. ¡Viva la vida! ¡Muera la vida!