Huyo

Pero que ganas tengo de mandarlo todo a paseo y volver a enquistarme debajo de la barra de ese chiringuito al borde del mar del que os hablo un año sí y otro también. Enquistarme y atarme a un barril de Mahou cinco estrellas y tenerlo como único amigo y aliado durante unos días, un amigo y aliado que no te mire con malos ojos, que no te regañe, que no recrimine que haces las cosas mal, que roncas, que te tiras pedos, que hoy no te has afeitado, que ya está harto de que te tragues todos los partidos que echan por la tele y no sólo de fútbol, que qué mal que comes, que cada día eres más sieso, que estás perdiendo facultades y ya no aguantas ni dos, que a ver si nos vamos cortando ese pelo, que te huelen los pies, que el coche hay que lavarlo de vez en cuando, que la moto también, que te la trae todo al pairo; en fin, son tantas cosas que un barril de Mahou cinco estrellas no te va a decir, ni siquiera a pensar, que no veo el momento de lanzarme a sus fríos, helados brazos.
Mientras que llega el momento me conformaré con cerrar los ojos y empezar a imaginar que todavía quedan días dentro de un largo año en los que se ven las estrellas sin necesidad de ir al planetario, que el silencio suena a ola de mar rompiendo contra la orilla y que los dedos de los pies tienen la oportunidad de ser libres y dar de lado a los callos y rozaduras. Unos días en los que nada te sienta mal y la expresión de la cara se transforma y descubres que los ojos se pueden hacer más grandes, que la sonrisa no es un resto arqueológico del pasado y que la gente no ha venido a este mundo para hacernos la vida imposible sino que se puede pasear tranquilamente a su lado a pecho descubierto y embadurnados hasta arriba de crema protectora. La vida vuelve a tener sentido, el aire huele, los pájaros cantan, el café con tostadas sabe a café con tostadas y la tele calla por unos breves instantes haciéndonos olvidar que no somos capaces de vivir sin ella. ¡¡A disfrutar señores!!