El barril
Ahí va otra de mis crónicas estivales desde la maravillosa orilla del Atlántico, y aviso con tiempo que esta va teñida de una cierta desazón. Lo que prometían ser unos días de absoluta felicidad sumidos en la indolencia más absoluta se han tornado un tanto inciertos. Para empezar, la primera en la frente, mi chiringuito, ese que ya ha alcanzado la fama en estas líneas, está cerrado, o mejor dicho está clausurado por la autoridad competente… o incompetente. Unos porritos por aquí y otros por allá han sido la causa que la Guardia Civil pone como excusa aunque creo hay que algo más de fondo. Y yo mirando con lágrimas en los ojos mi barril de cerveza que me estaba esperando y al que ahora no me dejan ni acercarme, con la cantidad de cosas que tenía yo que contarle. Y mientras que yo me desespero, la tele no para de escupir desgracias que no hacen otra cosa que incrementar esa añoranza que me produce el pensar en ese cilindro enorme de metal, frío, helado, siempre tan fiel, tan callado y tan dispuesto a escuchar sin rebatir, lo que se dice un gran amigo, vamos. El día que ETA volvió a hacer de las suyas estuve en un tris de bajar y romper los precintos de seguridad que ha puesto la benemérita y abrazarme a él para compartir mi rabia y toda mi ira hacia esa panda de sanguinarios que han estado a punto de perpetrar una auténtica masacre. Y el día que CR9 debutó en el Benabeu con más pena que gloria también me invadió la necesidad imperiosa de bajar a echarme unas risas con él celebrando de antemano el fracaso del nuevo proyecto galáctico. O el gran día de Contador, o lo de los presuntos chorizos del PP, o el drama de los incendios y los bomberos muertos…son tantas cosas que no puedo compartir. Y para colmo todos los empleados, los chavalines, están en huelga de hambre, miedo me da que cuando todo esto pase no tengan ni fuerzas para levantar a mi querido barril del suelo.