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Siestas frecuentes e involuntarias: una posible señal de mayor riesgo de demencia.

Siestas frecuentes e involuntarias: una posible señal de mayor riesgo de demencia.

   MADRID, 18 Oct. –

   Una reciente investigación realizada por la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg en Estados Unidos sugiere que la frecuencia, la intencionalidad y la duración de las siestas diurnas, comunes entre las personas mayores, pueden estar vinculadas a su riesgo de desarrollar demencia.

   El estudio, publicado en ‘The Journal of Gerontology: Medical Sciences’, analizó a 995 beneficiarios de Medicare en EE. UU., de 65 años o más, que no presentaban demencia al inicio del estudio en 2013, y los siguió durante hasta 10 años, utilizando datos del Estudio Nacional de Tendencias de Salud y Envejecimiento, una encuesta representativa de adultos mayores a nivel nacional.

   Los investigadores encontraron que los participantes que tomaban siestas con frecuencia (definido como la mayoría de los días o todos los días) tenían un riesgo un 48 % mayor de desarrollar demencia en comparación con aquellos que rara vez o nunca tomaban siestas, incluso después de considerar factores demográficos, condiciones de salud y características del sueño nocturno, como la duración del sueño y la somnolencia diurna.

  Las siestas involuntarias –definidas como quedarse dormido sin planearlo– se asociaron con un riesgo un 39 % mayor de demencia. Además, las siestas de 30 minutos o menos también se vincularon con un riesgo un 40 % mayor, una relación que se mantuvo a pesar de controlar diversos factores de confusión, mientras que la conexión con las siestas de más de 30 minutos se atenuó al considerar factores del sueño nocturno.

   «Las siestas más frecuentes podrían ser un indicador de cambios en el cerebro, y no necesariamente la causa de cambios que conduzcan a la demencia», explica Adam Spira, doctor en filosofía y autor principal del estudio.

   Los investigadores destacan la posible relación bidireccional entre las siestas y la demencia. Por un lado, las siestas podrían ser un riesgo para la demencia, y por otro, la degeneración de las regiones cerebrales que regulan la vigilia — que puede ocurrir en las primeras etapas de la demencia — podría llevar a una mayor frecuencia en las siestas.

   Para profundizar en esta idea, el equipo excluyó los casos de demencia diagnosticada durante los primeros cinco años de seguimiento, encontrando que las asociaciones para las siestas frecuentes e involuntarias seguían siendo relevantes, lo que sugiere que los patrones de siesta podrían preceder notablemente a un diagnóstico de demencia en lugar de ser simplemente un síntoma.

   «El seguimiento de los hábitos de siesta podría funcionar como un indicador temprano y accesible para identificar a los adultos mayores con mayor riesgo de demencia y ayudar a orientar intervenciones específicas para su prevención», añade Kening Jiang, investigador y primer autor del estudio.

   Investigaciones previas sobre la relación entre siestas y deterioro cognitivo han mostrado resultados contradictorios: ciertos estudios han correlacionado siestas más largas o frecuentes con un mayor riesgo de demencia, mientras que otros no encuentran asociaciones o incluso sugieren beneficios de siestas cortas.

   Los investigadores sugieren que las discrepancias en el diseño de los estudios — ya sea si las siestas fueron reportadas mediante autoinforme o medidas objetivas — y las actitudes culturales respecto a las siestas en diferentes regiones, podrían explicar estas inconsistencias.

   Finalmente, advierten que los hallazgos son observacionales y no prueban que las siestas causen demencia. La investigación se basó en hábitos de siesta autoinformados, que pueden estar sesgados, y el estado de demencia se determinó mediante un algoritmo validado en lugar de un diagnóstico clínico.

   No obstante, destacan que es necesario realizar estudios a largo plazo que integren mediciones detalladas y objetivas tanto de las siestas diurnas como del sueño nocturno para comprender mejor la relación entre los patrones de siesta y el riesgo de demencia y determinar si la modificación de los hábitos de siesta podría ayudar a retrasar o prevenir la aparición de la demencia.

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